El Papa Francisco y Xi Jinping


Jesús Castillo Abascal

En el idioma chino, el carácter ¨¨ significa “Emperador”, se lee “Huang”. Está formado por dos sinogramas, el de la parte superior , ( Bai) símbolo de la pureza, infalibilidad y el de  la parte  inferior (Wang) formado por cuatro trazos que representan el cielo (arriba), la tierra,( abajo)  el emperador  (al medio),  encargado de unir el cielo y la tierra ( trazo vertical).

Efectivamente, y según la creencia tradicional china, el emperador  al ser el rango social más alto que pudiera existir en la tierra, es la única persona legitimada para ponerse en contacto con el cielo y ser, a la vez, el canal trasmisor de  la “trascendencia del poder celeste”. Este ritual se realizaba  dos veces al año en primavera y otoño  en el imponente Templo del Cielo al sur de la Ciudad Imperial de Pekín.

Desde ese pináculo el emperador ejercía, a través de su administración mandarinal, la prerrogativa de ordenar y preservar la estabilidad social, réplica de la armonía celestial.

Confucio y otros maestros en épocas posteriores contribuyeron a forjar, consolidar y divulgar esta noción de orden social sustentado en el rango y  jerarquía . Principio que se ha ido adaptando a las necesidades del momento.

Desde las primeras dinastías de los Zhou hace más de tres mil años, pasando por la época del  Neo Confucionismo de los siglos XII / XIII para continuar en periodos posteriores Ming y Qing, esta adaptación fue una constante; incluso con la llegada del  Partido Comunista cuando otorga  al Comité Central el poder, en exclusiva, de ejercer el liderazgo político, ideológico y moral para adaptar su ideología a las necesidades del momento. En este sentido, así se expresaba recientemente el Secretario General del Partido Comunista Chino, Xi Jinping, en un acto conmemorativo del 95 aniversario del Partido Comunista Chino:

“Es de vital importancia que toda ideología haya de estar controlada, adaptada y en línea con  los intereses y liderazgo del Partido con el fin de mantener el pensamiento correcto y la estabilidad social en todo el País”.

A comienzos del  siglo XVII la llegada del  cristianismo  a China  descuadró, sin embargo, esta  noción de armonía y orden social. La posibilidad de que cada individuo  pudiera ponerse en contacto directo con el Cielo (el Ser Supremo) de modo libre e independiente  rompía abiertamente con un orden social basado en el principio de  jerarquía y rango.

Ello  explica también las dificultades que la  iglesia  tuvo en su asentamiento y los pocos adeptos que encontraron los misioneros a esta religión extranjera “tan extraña” que, aparte de  romper con la autoridad sustentada en la jerarquía, daba pie a posibles desordenes y tensiones sociales. La rebelión del Reino de  los  Tai Ping  ( 太平天國)es un ejemplo de ello.

Desde entonces, esta desconfianza y recelo hacia el cristianismo y otras creencias que reconocen a un líder moral foráneo, han sido una constante en la historia moderna China.

 No es de extrañar por tanto que, el Estado del Vaticano (cuyo Jefe de Estado en chino también se dice ¨¨  “Huang”,教皇) es aún hoy en día uno de los pocos Estados no reconocidos por Pekín.

Sin embargo, cuando Jorge Mario Bergoglio fue nombrado Papa de la Iglesia Católica, el Presidente Xi Jinping le envío un mensaje de felicitación. Siendo este gesto de deferencia y respeto interpretado como una oportunidad para el  acercamiento.

Hace poco más de un año, el  Papa Francisco en su primera visita oficial a EEUU, coincidió también con la visita a ese país de Xi Jinping.  La visita del Papa fue un rotundo éxito  popular y mediático llegando incluso a restar protagonismo al Presidente Xi Jinping.

No deja de ser paradójico que el representante del país más poblado de la tierra y segunda economía mundial haya visto mermado su impacto y su seguimiento a favor del Jefe del Estado más pequeño del mundo sin peso económico alguno, aunque arrastra en seguidores y adeptos casi el mismo potencial demográfico que la población china.

Muchos observadores piensan que a partir de ese momento las relaciones entre el Gobierno Chino y el Estado del Vaticano han comenzado a mejorar. Las conversaciones entre Roma y el Buró de Estado para  Asuntos Religiosos (SARA) para el nombramiento de varios obispos chinos, van por buen camino.

Estos movimientos de aproximación pienso que no son casuales. En mi opinión se da la circunstancia  que por primera vez coinciden en el tiempo dos personajes, dos auténticos líderes con indudable carisma y transcendencia global, si bien el Uno solo portador de un gran "soft power" y el Otro de un gran poderío económico y militar. Los dos además encarnan la “Trascendencia del Poder Celeste”. El “Huang” del Vaticano como representante de Dios en la Tierra y el “Huang” de China, el de mayor rango en la jerarquía en el Partido que sustenta el orden social.

El poderío del Uno deriva de una creencia religiosa y el del Otro de una tradición milenaria en la que el Emperador detenta el poder trascendental de ser el único mandatario del Cielo.

Institucionalmente, sin embargo, son lo mismo: dos jefes de Estado en un mundo multipolar, cada uno con estrategia y objetivos propios y, a pesar de la diferencia notable de medios, portadores de un potencial de transformación del mundo muy parecido.

China por su extraordinario peso e influencia material, el Vaticano por ser el epicentro y referencia moral y espiritual de más de 1.200 millones de personas que tienen al Papa como su representante.

Esta es pues una coincidencia mágica que, creo, los dos están aprovechando para dar los pasos que les conduzcan al reconocimiento mutuo y de ahí  a una normalización de relaciones. Si bien este propósito no puede ignorar el obstáculo de una “incompatibilidad congénita” para la plena normalización. A saber:

La iglesia Católica ambiciona ser Universal, pero el PCCh no puede ceder el control ideológico y la gestión de orden armónico, porque su poder solo se legitima por ser exclusivo y excluyente, es decir absoluto.

¿Cabe pensar en un punto de encuentro?

Dado que ambos protagonistas son líderes de incuestionable altura intelectual y experiencia política, se les presupone visión y capacidad de diálogo (cosa que con otros líderes no hubiera sido posible). De hecho, Xi Jinping parece que ya ha pedido al Papa Francisco flexibilidad y diálogo; además ambos saldrían ganando. China “aggiornaria” su imagen internacional mostrando una sociedad más moderna, abierta y plural. Por otra parte, el Papa Francisco, con la incorporación de algunos millones a su red de fieles, vería más cerca de cumplirse el deseo de San Pedro de presidir una Iglesia Universal.

No obstante, hay todavía un largo camino por recorrer y obstáculos por allanar  tanto de orden político  (el Vaticano mantiene relaciones diplomáticas con Taiwan) como religiosos (adaptación al ideario del Partido). De modo que, en el supuesto de que  Xi Jinping y el Papa Francisco llegasen a encontrarse en breve, convendría que se atuvieran, en palabras de un buen amigo corresponsal en Pekín, al viejo dicho de cómo comportarse bien en una fiesta:

“No hablar ni de política ni de religión”. 

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
Jesús Castillo Abascal, observador de la realidad china, es un profesional con una larga experiencia en el país, en el que ha vivido desde la década de los ochenta.