Entrevista con Eugenio Bregolat

Eugenio Bregolat ha sido dos veces embajador en China, entre 1987 y 1991 y entre 1999 y 2003. Ha sido, además, un embajador que se ha ganado un merecido prestigio, por su dedicación, su apoyo a las empresas españolas, su profundo conocimiento de los temas chinos. En el presente año 2007 ha publicado "La segunda revolución china", un libro que analiza la China de la reforma, sus problemas, perspectivas. Igualmente, el embajador Bregolat analiza en su libro de las relacione hispano-chinas. En una entrevista para Cuadernos de China, Eugenio Bregolat habla de todos estos temas.

 

Sergio Martín.- Iberchina


¿Hasta qué punto se puede decir que China sigue siendo un país comunista?

Escribió Machado: “en este mundo traidor nada es verdad ni es mentira, todo es según el color del cristal con que se mira”. Que China siga siendo o no socialista (el “comunismo” es la meta final del proceso de socialización, no alcanzada por país alguno) dependerá de cómo definamos el socialismo.

Para un observador occidental China es hoy un sistema político autoritario, proyectado  sobre una economía de mercado cada vez más difícil de distinguir del capitalismo.

Para los teóricos chinos, China se encuentra en la “fase inicial del socialismo”, en la que es políticamente correcto todo lo que conduce al desarrollo de las fuerzas productivas, indispensable para poder llegar un día a realizar el ideal comunista de “dar a cada cual según sus necesidades”. La economía socialista china se basaba, a partir del modelo soviético, en el monopolio estatal de la propiedad de los medios de producción  (los caracteres chinos que conforman el concepto Partido Comunista significan “Partido de la propiedad pública”) y la planificación centralizada.

Hoy en China sólo un tercio de la economía es de propiedad pública y la planificación ha sido substituida por el mercado. Incluso los empresarios privados, según la teoría  tradicional marxista verdaderos capitalistas (es decir, propietarios de medios de producción que emplean a trabajadores, a veces a miles de ellos, las plusvalías de cuyo trabajo se apropian), pueden ser ahora miembros del que todavía se llama Partido Comunista, por más que ello contravenga no ya la lógica marxista, sino las reglas más esenciales de la lógica cartesiana (una cosa no puede ser su contraria).

Los teóricos chinos defienden que el predominio de la propiedad pública (entendido como capacidad del Estado de controlar el sistema económico, aunque no cuantificado) y la no polarización en clases bastan para asegurar que el sistema sigue siendo socialista. Un fuerte sector público, al modo de los países de Europa Occidental en las décadas que siguieron a la II Guerra Mundial, subsiste en China. Lo que no subsiste es la ausencia de polarización social. China es hoy uno de los países del mundo con mayores diferencias de renta. Sin embargo, según los teóricos chinos éste fenómeno encaja dentro de la “fase inicial del socialismo” y es sólo transitorio: los que se enriquecen antes tirarán del resto hasta alcanzar la prosperidad común.

En conclusión, lo que a un observador occidental puede parecer capitalismo, es para el PCCh, visto a través del cristal de las teorías de Deng Xiaoping y Jiang Zemin, socialismo en su “fase inicial”, que durará al menos 100 años.


En su opinión, ¿hasta qué punto mantiene el Partido Comunista Chino su legitimidad  y hasta qué punto es sólido su poder?

El enorme desarrollo económico (más de 500 millones de personas han superado la línea de la pobreza del Banco Mundial, 1 dólar al día), inconcebible 30 años atrás, ha dado al Partido Comunista una nueva legitimidad. No me cabe duda de que hoy el Partido obtendría una mayoría muy holgada en una elección democrática.

Lo que ocurre es que el desarrollo económico, si por un lado refuerza el poder del Partido, por otro lo debilita de mil maneras: nuevas clases sociales, reducción del peso del Estado en la economía, cientos de miles de estudiantes en el extranjero, millones de turistas que van y vienen, cientos de millones de teléfonos móviles y de internautas, etc. Esta es la gran paradoja sobre la que se asienta la China actual.


¿Qué peso tiene la oposición en China? ¿Existe un riesgo de que se produzca una crisis o ruptura que acarree un cambio o un colapso del régimen comunista?

El peso de la oposición en China es, hoy por hoy, escaso. El movimiento estudiantil democrático de 1989 se esfumó. El Falun Gong apenas da señales de vida.

Sin embargo, los cambios económicos, sociales y mentales en curso desembocarán, probablemente, antes o después, en demandas de mayor participación política de los ciudadanos. En tal caso si el Partido se opusiera estaría por ver si tiene o no la fuerza suficiente para reprimirlas, como hizo en 1989. En caso negativo, si se organizara un movimiento similar al de Tiananmen pero de mucho mayores proporciones, extendido a toda China y no limitado a la ciudad de Pekín, el Partido podría ser barrido.  Considero más probable la apertura paulatina desde dentro del sistema político, en el bienentendido de que las formas de mayor participación ciudadana tendrán siempre “características chinas” y que la evolución será lenta.                               

Esta apertura se viene produciendo ya, con medidas como  las elecciones a nivel municipal, la aceptación de la propiedad privada o la apertura de las puertas del Partido a lo empresarios privados, entre otras.

Muchos autores han hablado en los últimos tiempos de la “amenaza” china en la comunidad internacional. ¿Está de acuerdo? ¿China es más bien una amenaza o una fuente de estabilidad en el mundo?

China históricamente no ha sido un país conquistador; al revés, construyó la Gran Muralla para evitar  que otros la invadieran, cosa que no consiguió. De mediados del siglo XIX a mediados del XX fue sometida por los países desarrollados.

Si a China se la acepta en el mercado internacional, como está ocurriendo, donde compite de acuerdo con las reglas creadas por los países desarrollados, estimo que su emergencia será pacífica, como ella misma pregona. Tratar a China como un enemigo sería lo que los ingleses llaman  “a self-fulfilling prophecy”.

En lo económico China supone una amenaza para algunos sectores de ciertos países. Pero cuando China más vende, más compra, de modo que genera oportunidades para los demás, y ya se ha convertido en uno de los grandes motores de la economía mundial.

Si Taiwán diera pasos decididos hacia la independencia, China, como tiene dicho, emplearía la fuerza para impedírselo. Prácticamente toda la comunidad internacional, con la excepción de unos pocos países de Africa o Centroamérica, reconoce que Taiwán  es parte de China, aunque pide que no se emplee la fuerza para conseguir la reunificación.


¿Cómo ve el futuro económico de China? ¿Cree que podrá mantener sus altas tasas de crecimiento durante un largo periodo de tiempo o, como señalan algunos autores, las contradicciones y problemas terminarán provocando una grave crisis económica?

Según todas las previsiones dentro de algunas décadas, digamos a mediados de siglo, China tendrá el mayor PIB del mundo. Lógicamente las tasas de crecimiento disminuirán, pero durante mucho tiempo seguirán siendo superiores a las de los países desarrollados.

China tiene muchos y grandes problemas. No podía ser de otra forma bajo un proceso de cambio de dimensión y velocidad nunca conocidos. Pero China lleva ya creciendo a ritmos en torno al 10% durante casi 30 años. No 4 ó 5 años, sino un cuarto de siglo largo. Aunque ninguna economía esté libre de fases contractivas ni de crisis, los dirigentes chinos han acreditado una gran capacidad de gestión. En frase de Greenspan, “China tiene la mejor clase política del mundo”. Considero razonable pensar que los dirigentes chinos serán capaces de seguir resolviendo sus problemas.


Usted ha vivido la entrada económica de España en China en dos momentos distintos. ¿Cómo valora en líneas generales, y con perspectiva de más de 20 años, la forma de abordar el mercado chino por parte de España? ¿Está de acuerdo con esa idea común de que “España ha llegado tarde al mercado chino”?

Es obvio que las empresas españolas, con encomiables excepciones, han llegado tarde a China, pese a los esfuerzos de la Administración. Titulo el capítulo de mi libro dedicado a las relaciones bilaterales “corrigiendo un error estratégico”. Hay unas 500 empresas españolas  en China, incluido Hong Kong, de un total de más de 600.000 empresas extranjeras; es decir, menos del uno por mil. La inversión española acumulada en China supone el 0,37% del total; o sea, sólo un dólar de cada 300 que llegan a China procede de España. La entrada de dos de nuestras multinacionales, Telefónica y BBVA, en empresas chinas, con importantes inversiones, entiendo que marca un punto de inflexión.

Se está empezando a corregir el error estratégico que supone que la octava economía del mundo,  y el cuarto o quinto mayor inversor a escala mundial los últimos años,  tenga una presencia poco más que testimonial en la que va camino de convertirse en pocas décadas en la mayor economía del mundo.


¿Cuáles han sido los principales errores y los principales aciertos de las empresas españolas a la hora de abordar el mercado chino?

El error principal de las empresas españolas en su conjunto has sido precisamente haber llegado tarde. Hay que reconocer que un cuarto de siglo atrás las empresas españolas apenas salían de España y cuando empezaron a hacerlo lógicamente lo hicieron por lo que era más conocido, más fácil o más cercano: Iberoamérica, Europa, el Norte de Africa.

Uno de los errores más comunes de las empresas que llegaron a China ha sido no acertar con el socio en el caso de establecimiento de empresas mixtas; es preferible crear una empresa de capital totalmente extranjero. Otros errores han sido no estudiar a fondo el mercado chino antes de acercarse a él, o la falta de  paciencia, esperando resultados muy a corto plazo.

¿Cuáles son en su opinión los principales obstáculos a los que se enfrentan las empresas españolas?

Son, en parte, los comunes a todas las empresas extranjeras, como la escasa protección de la propiedad intelectual, o de modo más general, una seguridad jurídica deficiente, aunque se  han hecho progresos importantes, que continúan. En parte, son problemas específicos, como la ausencia de tradición de presencia en el mercado chino o la falta de imagen-país.


2007 es el Año de España en China. Algunos artículos han criticado la improvisación, la falta de medios con que se ha preparado. ¿Cómo valora Ud. el Año de España en China?

El Año de España en China es un proyecto de la mayor importancia, que se inscribe dentro de la serie de importantes iniciativas que la Administración viene tomando para ayudar a nuestras empresas a acometer el marcado chino, como han sido el Plan Marco Asia-Pacífico, continuado por el vigente Plan de Acción Asia-Pacífico, cuya máxima prioridad es China; la apertura de Casa Asia; la creación del Foro España-China; la implicación en la Escuela de Negocios China-Europa de Shanghai  (CEIBS); la Expotecnia de Pekín, en 1994, o la Expohabitat de Shangai, en 2000; la creación del Centro de Desarrollo Agrícola o del Centro de Máquina-herramienta, ambos en Tianjin; la apertura del Instituto Cervantes en Pekín; el Plan Integral para el Desarrollo del Mercado chino; que China haya sido el principal receptor de FAD, etc.

El Año de España, presentado en Pekín por la Vicepresidenta del Gobierno hace pocas semanas, consiste en una serie de actividades de gran relieve, desde una exposición de maestros del Prado a actuaciones del Ballet Nacional o la Orquesta Nacional. Todo ello coronado por una visita de Estado de los Reyes a China. La lectura del programa no sugiere improvisación, sino una preparación muy cuidadosa.

¿Cómo caracterizaría la imagen de España en China? ¿Qué se puede hacer para mejorarla?

Nuestra imagen-país es deficiente por la falta de presencia histórica y económica citadas. Iniciativas como las enumeradas en el punto anterior contribuyen a ir creándola. España y China poseen dos culturas mayores y son dos de los países que más han cambiado en las últimas décadas, lo que implica que nuestra imagen, en la medida que existe, es tópica y desfasada.

Hay que proyectar la imagen de la España moderna, octava potencia económica del mundo, vibrante y vanguardista en muchos terrenos: empresas, pintura, arquitectura, cine, deporte, gastronomía, etc. Con el extraordinario activo que supone un idioma hablado por más de 400 millones de personas, sobre el que existe un creciente interés en China.


    

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